Mundo Musical Almería - Historia

Información sobre la historia musical almeriense

Jesús de Perceval



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(Aportación de M. Duran)
Desde pequeño le interesó la pintura, quizás influenciado por su abuelo Juan del Moral y Almansa. A los 12 años ingresa en la Escuela de Artes y Oficios de Almería, donde pronto comienza a destacar. Uno de los privilegios de su posición acomodada son los continuos viajes a Madrid, donde se impregna de arte, fundamentalmente dibujando en el Casón del Buen Retiro y en el Museo del Prado. En 1934 obtiene la Medalla de Oro, premio de honor del Presidente de la República en la Exposición Provincial, por su obra Los aguilanderos (1933), donde se observa la huella de Solana. En ese año es becado por la Diputación Provincial de Almería y por el Ministerio del Estado Español para ampliar estudios en el extranjero. En esta época Zuloaga, Zabaleta y Aurelio Arteta también forman parte de su bagaje de influencias pictóricas.

En 1936 obtuvo un gran éxito en la exposición nacional de Bellas Artes de Madrid, con la obra Ha muerto un hombre. Al comienzo de la Guerra Civil se ve forzado a trasladarse a Valencia, donde realiza diferentes carteles propagandísticos de la República y, en 1937, se le concede la medalla de oro de la Exposición Universal de París, donde expone varios cuadros de temática antifascista en el pabellón español; destaca la obra La huida de Málaga y Sueño de paz (1937).

Terminada la guerra, vuelve a Almería, siendo nombrado asesor provincial de artes plásticas, participando activamente con las autoridades políticas y religiosas en la reconstrucción artística de la ciudad, fundamentalmente en la imaginería religiosa de Cristos (destacando El Cristo de la Escucha) y Dolorosas. De estos años cabe destacar algunos excelentes cuadros como La Virgen de las uvas, maternidad de corte rafaelesco en la que se mantiene la luminosidad levantina de sus años pasados; El niño del pez y Muerte de San Sebastián, donde coloca la Alcazaba como elemento del cuadro, y La adúltera (1943). En sus continuos viajes a Madrid conoce a Eugenio D´Ors y a José Aguiar, quien le introducirá en un procedimiento ancestral de la pintura, la encáustica, una técnica que aprende de aquel maestro en su estudio de Madrid y en la que trabajará profusamente, siendo unas de sus constantes a lo largo de toda su vida. A principios de los años 40 Perceval constituye todo un punto de referencia en el mundillo artístico almeriense y su multidisciplinariedad le permite globalizar todas sus inquietudes en una determinada visión del arte y de la cultura.

Su atención no sólo está en el arte, sino que busca la compañía de literatos, arqueólogos, filósofos, historiadores, músicos... y en ese mundo abigarrado de ideas y de tertulias surge una vía de canalización de todas sus inquietudes: el Movimiento Indaliano. Todo se gesta en las reuniones del café La Granja Balear, donde Perceval invita a participar a unos jóvenes pintores de la Escuela de Artes (Capulino, Cañadas, Cantón Checa, Alcaraz y López Díaz) que, de pronto, se ven aceptados en las tertulias de las fuerzas culturales más vivas de la capital. Así va tomando cuerpo el nuevo concepto de arte mediterráneo de Perceval, que toma el nombre de Movimiento Indaliano, y la figura del Indalo pasa a ser el tótem del grupo. Preparan varias exposiciones indalianas que culminan con la exposición del grupo en 1947 en el Museo Nacional de Arte Moderno de Madrid. A esta exposición le siguió el reconocimiento, mediante la participación colectiva en el Sexto Salón de los Once de 1948, que recogía a los 11 mejores pintores que habían expuesto en Madrid durante el año anterior.
A nivel personal, destacar la influencia durante esos años de Vázquez Díaz. En 1950 participa en exposiciones de Munich, París, Internacional del Arte Sacro en Roma, Chile, Bolivia, Argentina, Perú y Cuba. De esta época surgen quizás sus obras más destacadas: La familia del pintor (1950), Autorretrato (1950) y, sobre todo, La degollación de los inocentes, con la que, en 1951, participa en la I Bienal Hispano Americana de Arte, constituyendo la máxima atracción y siendo motivo su temática de una fuerte polémica política.

Durante la década de los cincuenta y sesenta realiza murales en Granada y Almería. Ejecución del monumento a San Francisco Javier, en Tokyo. En 1966 realiza na exposición en la sala Santa Catalina, en el Ateneo de Madrid, en la National Landscape Award y en la Real Academia de San Telmo (Málaga). En 1967 se celebra un homenaje a Perceval por su brillante y dilatada labor artística en el Círculo de Bellas Artes de Madrid; obtiene el premio Picasso de la Real Academia de San Telmo (Málaga). Realiza exposiciones en el Museo de los Agustinos de Toulousse y en la embajada de España en Lisboa, así como en diversas ciudades españolas: Valencia, Granada, Alicante, Lérida, Córdoba y Almería. En 1971 obtiene la primera medalla de oro en el Certamen Nacional de Pintura de la Semana Naval de Alborán y son continuas sus exposiciones individuales y colectivas por todo el territorio español. Sus últimas influencias son las de Zabaleta y Dalí, de quien llega a tomar incluso algunas actitudes y poses. La llegada del cine y del turismo en la década de los sesenta acrecienta su imagen polifacética y aparece el interés por la fotografía.

De la pintura en Perceval se puede distinguir una primera etapa que comprende hasta la fundación del Movimiento Indaliano. En su juventud es un pintor figurativo, trágico, de colores oscuros, fondos negros, con alegorías macabras. Su pincelada es concreta, delimitando líneas con un gran juego de luces y sombras. Más tarde, se introduce en el mundo de la luz, el sentido de la claridad mediterránea, dentro de una línea figurativa. Comienza a dar la expresión de su arte con numerosas composiciones, donde predominan las cabezas de mujer de pincelada concreta y acentuadas formas redondas, paisajes de alegorías, retratos y autorretratos donde se pueden apreciar esos tonos oscuros y rostros melancólicos. Es al final de esta época de pintura negra cuando recibe los máximos premios de su juventud. Junto con esta labor pictórica realiza, en esta etapa, algunas obras de imaginería, respondiendo al fervor de los españoles de la postguerra. Hablar detalladamente de la época de los años treinta de Perceval es casi imposible, ya que, entrelazados, aparecen el arqueólogo, filósofo, pintor, escultor, tallista, orfebre e investigador.

Hay una segunda etapa que comprende los inicios del Movimiento Indaliano y tiene vigencia hasta los años cincuenta. En esta época conoce a Eugenio D’Ors, con quien coincidía en sus postulados estéticos. Éste le apoya en todo momento, considerándolo uno de los grandes hitos de la pintura española. Durante su estancia en Madrid, Perceval se erige en protagonista debido a la calidad de sus cuadros y al apoyo unánime de la crítica. Las obras de Perceval en estos años se basan en la estética indaliana: rostros clásicos con una expresión nueva, con colores vivos y una gran plasticidad. Su técnica de pintar la mayoría de sus cuadros en encáustica (mezcla de materias fundidas con soplete) causa admiración, debido a la gran belleza que imprime a la obra. Las formas las presenta muy delimitadas, mediante líneas límites, con gran detallismo. Así, podemos apreciar cómo en las composiciones donde existen varias figuras humanas las representa con una gran riqueza de colores y delimitación de formas para resaltar todos los volúmenes. Su obra cumbre, donde se pueden conjuntar todos los valores pictóricos de Perceval, realizándola con un gran dominio de composición, delimitación de formas, detallismo, uego de colores y contraste de luz y sombra, es La degollación de los inocentes.

Desde la década de los cincuenta hasta su muerte, en 1985, conocemos al Perceval más comercial, en esta época sus temas son cabezas, paisajes insólitos y escenas simbólicas. Obras más representativas: Hasta que se aniquile (1965), Niño del Pitaco (1967), Maternidad (1967),Mojaquera del cántaro (1970), Amargura (1973), María del Mar (1974), Niña con el aro (1981). Sus paisajes los presenta de dos tipos: unos irreales, pareciéndonos formas que flotan en el aire, denotando gran dominio del pincel, creando formas que en la realidad son difíciles de expresar; y, junto con este paisaje irreal, también nos presenta el típico en que unos animales pastan en el campo, eso sí, creados a base de manchas de colores que se mezclan, todas ellas cargadas de óleo. Personaje controvertido, agudo, irónico, verdadero pilar en la cultura almeriense del siglo XX, nos ha dejado su huella en su variadísima obra y en el propio indalo, señas de identidad de Almería. Falleció en la capital el 3 de octubre de 1985.

Rescatado por JOSE ANGEL PEREZ

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DE CÓMO PERCEVAL SALVÓ EL CERVANTES
(martes, 17 de marzo de 2015)
Teatro Cervantes y Círculo Mercantil

Pocos almerienses conocen que el hermoso conjunto que  forman el Círculo Mercantil y el Teatro Cervantes diseñado a fines del s.XIX por López Rull y que hoy señorea majestuoso en el Paseo de Almería,  estuvo a punto de desaparecer hace unas décadas víctima de la especulación inmobiliaria, esa plaga horribilis que asoló nuestro casco histórico para el enriquecimiento de unos y el empobrecimiento de todos.

A fines de 1973, la junta directiva del Círculo Mercantil e Industrial, presidida entonces por  Antonio González Vizcaíno, acordó e inició sigilosamente las gestiones tendentes al derribo del inmueble para adjudicar el solar y posterior edificación de un bloque de pisos y locales a la empresa constructora “Ofitesa”.

Corrido el rumor, tal atentado fue denunciado en la prensa local por Emilio Pérez Manzuco y por la Tertulia Indaliana, desde cuyo seno Jesús de Perceval manifestaba que el Cervantes era a Almería lo que La Scala a Milán, el Liceo a Barcelona o el Teatro Real a Madrid “¿Es que no existen -decía- en la periferia espacios suficientes para levantar todos los rascacielos que se deseen y se hace necesario destruir el corazón de nuestra ciudad?”

De los miembros que componían la junta directiva del Círculo, sociedad propietaria del Teatro, sólo una voz discordante se oyó, como un grito en el desierto, en contra del pretendido negocio: la del letrado Juan José Pérez Gómez. Amén de la singularidad estética e histórica del edificio, fundamentaba sus argumentos este abogado en -cómo no- motivos legales y reglamentarios, por cuanto todas las decisiones adoptadas tendentes a la demolición y adjudicación de la nueva obra conculcaban no sólo la legalidad sino la letra de sus propios estatutos. Pero, pese a lo acertado y elocuente de sus razonamientos, éstos poco podían hacer frente a la avidez de aquella conjura.

En efecto: pendiente la aprobación definitiva por parte de la junta general, González Vizcaíno y su directiva, para anular cualquier oposición, aprobaron previamente una entrada masiva de nuevos socios seleccionados ex profeso para asegurarse el voto mayoritario favorable a la demolición. Esos nuevos socios eran –oh, sorpresa- los dueños y empleados de la constructora adjudicataria “Ofitesa” así como conocidos abogados y profesionales liberales de Almería dependientes o vinculados a aquella y otros necesarios para que fructificase ese pingüe negocio.

Así, compradas todas las voluntades y constatada la complicidad silenciosa de las autoridades locales, parecía ya inminente el derribo del conjunto monumental. La junta general que debía ratificar tal atentado quedó fijada para la tarde del domingo 17 de febrero de 1974, coincidiendo con la retransmisión televisiva de un partido Barcelona-Real Madrid que resultó ser mítico. Ya parecían escucharse los motores de las excavadoras que debían derribar nuestra Historia...
Jesús de Perceval en su estudio.

Fue entonces cuando Jesús de Perceval -el mayor valedor del patrimonio y cultura almeriense que ha conocido esta tierra- comprendió que la salvación del Teatro tenía que venir de fuera de Almería. Así, contactó con su amigo el historiador Ricardo de la Cierva, quien sería ministro de Cultura y que en ese momento ocupaba la Dirección General de Cultura. Perceval le informó puntualmente sobre aquella barbaridad, del peligro inminente de perder este conjunto arquitectónico, bien de los almerienses, y le requirió para que desde Madrid se abortase ese irreparable daño. En aquella primera conversación telefónica intervino también mi padre por empeño de mi abuelo Jesús, pues había sido alumno de De la Cierva, el cual no pudo sino confirmar la denuncia. Después de ésta y otras conversaciones, Perceval consiguió involucrar en el problema al director general para que el Ministerio tomara cartas en el asunto.

Y llegó el día de la votación. El salón renacimiento del Círculo Mercantil acogía a sus socios para tan crucial sesión. Con retraso, la directiva ocupó la presidencia. González Vizcaíno tomó la palabra para decir que no tenía necesidad de convocar aquella reunión pues estaba autorizado por la junta para adjudicar el inmueble a la empresa constructora Ofitesa. En esos momentos, entró en el salón el director general de Cultura acompañado por el gobernador civil y Jesús de Perceval. Ricardo de la Cierva se dirigió entonces a los asistentes, les manifestó su férrea oposición al derribo y terminó ofreciendo la ayuda del Ministerio para la restauración del Teatro y el mantenimiento del Círculo.

Al presidente del Círculo no le quedó otra que suspender la junta general y levantar la sesión, dando carpetazo al negocio inmobiliario. Así cesó el peligro, así se salvó el Teatro. Aunque, para ser precisos, ya estaba salvado poco antes de aquella reunión, cuando De la Cierva hizo llegar a todas las autoridades locales la decisión de Madrid de que no iba a permitirse aquel atropello.

Jesús de Perceval no tuvo éxito en sus intentos por salvar el antiguo convento de San Francisco que presidía la plaza de San Pedro o en su empeño por recuperar el patio renacentista del castillo de los Vélez, ejemplos que no empañan sino que dignifican sus desvelos para proteger el patrimonio histórico almeriense. Otros ejemplos, los felices, los tenemos en la pervivencia del Teatro, el mihrab califal en la Iglesia de San Juan -que salvó junto a Fernando Ochotorena- la torre nazarí de Santa Fe de Mondújar, así como el descubrimiento y protección de numerosos yacimientos arqueológicos de nuestra provincia, entre otros logros.

Más allá de sus méritos artísticos, del Indalo y la fundación del Movimiento Indaliano, de la regeneración de la Cultura almeriense, de la defensa de lo nuestro y la promoción exterior de esta tierra –hechos que le valieron el título de Hijo Predilecto- con la muerte de Perceval,  Almería perdió a su más decidido paladín, genuino referente de la cultura mediterránea.

Este año se conmemora el Centenario de su nacimiento, efeméride que parece pasará como otra fecha cualquiera en el calendario de esta ciudad que suele abandonar a los suyos para agasajar a extraños.

Jesús Ruz de Perceval
Artículo publicado en "La Voz de Almería" 17/03/2015.

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MINGOTE Y PERCEVAL
(miércoles, 10 de abril de 2013)
MINGOTE Y PERCEVAL

Cuando la genialidad y la inteligencia anidan en la mente de un hombre bueno, sus frutos son doblemente prolijos e infaliblemente auténticos.
Antonio Mingote llegó a gozar de la libertad -la verdadera- que sólo alcanzan las mentes sobresalientes asidas a un corazón noble. Tras ese libre caminar entre libros y viñetas, nos queda hoy una obra ingente, ajena a lo mediocre y lo malvado, que resume nuestra historia de más de medio siglo con la lucidez y la sagacidad de este gran pícaro español.
Mingote y Perceval se conocieron en el Madrid de la posguerra, en esa capital que se reinventaba cada día en los cafés, en los paseos y en las tertulias interminables, cuando el primero vertía ya sus humoradas en “La Codorniz” y mantenía aun virgen su deseo de ser esencialmente escritor y, el segundo, quería despertar al mundo su concepción mediterránea del arte y de la vida. No era difícil que entablaran amistad pues, a un lado el amor al arte y la búsqueda de la belleza, ambos eran humanistas convencidos y, ambos, veían en el humor un vehículo inteligente con el que agitar conciencias y remover pasiones de toda índole.

Decía Perceval, a propósito de lo bello y lo sensual, que “el ciprés es ideal por tender a la recta y el naranjo sensual porque se acerca a la circunferencia”, ello explica que las figuras femeninas de Rubens sean sensuales, y melancólicas y elevadas las de El Greco. Mingote coincidía con el indalianoy participaba también de esta concepción en torno a la sensualidad de lo redondo, la curva sobre la recta, presente en su obra, donde la sinuosidad femenina es palmaria y, muchas veces -fuera cual fuese el destino del dibujo, chiste o viñeta- de una sensualidad arrolladora.

En la década de los 40 del siglo pasado, Jesús de Perceval ya era asiduo en las tertulias de Madrid -esas ventanas bohemias en las que asomarse al mundo- en la de Pombo, la de Levante y otras, pero participó especialmente en las mantenidas en el mítico “Café Gijón”, la verdadera escuela que diría Fernando Fernán Gómez, en las fechas en que ya se sabía por literatos y artistas que “era más importante una silla en el Gijón que un sillón en la Academia”. Allí empezó Mingote a convertir en mágico lo cotidiano y allí, Perceval, armado con su Indalo, convencía a grandes y pequeños de que, su Almería, era la cuna de la cultura mediterránea. Difícilmente puede encontrarse en nuestro país una genialidad que no haya bebido de las aguas del Gijón o que no haya vertido en ellas sus desvelos.

En ese parnaso de escritores, poetas, pintores, cineastas, músicos o filósofos, Mingote y Perceval solían entretenerse con un hermoso juego en el que participaban otros notables como Francisco Umbral, el dramaturgo Lauro Olmo, García Nieto, Pedro Bueno, el humorista Evaristo Acevedo, Campmany, Manolo “El Pollero” o Camilo José Cela. Consistía el invento en que uno de ellos comenzaba un dibujo, el cual era continuado por el siguiente tertuliano, así hasta que, al final, se cerraba el círculo. Lógicamente, la mayor o menor fortuna del dibujo dependía de las dotes artísticas de los contertulios que, ese día, se sentaran a la mesa, pero, en todo caso, el resultado era siempre una obra extraña y genial desde su incierta concepción. Hoy, más de uno nos daríamos de bofetadas por conservar los frutos de ese divertimento en los que hallar los trazos chocantes de las primeras firmas de España. Quizá marchase alguno de esos esbozos con los papeles de “Iria Flavia” pues en más de una ocasión la cadena del dibujo se comenzó con el café y se terminó en casa del propio Cela.

En septiembre de 1951, para mayor diversión de los tertulianos y pesadumbre de los censores, Antonio Mingote hizo eco en “La Codorniz” de una polémica suscitada por Perceval con su obra “La degollación de los Inocentes”. Este cuadro acababa de ser protagonista en la I Bienal Hispano-Americana y estaba dando la vuelta al mundo de mano de la prensa extranjera para mayor tormento de los custodios del Régimen, que no sabían cómo interpretarlo y, menos aún, el papel que en la obra jugaban Picasso o García Lorca. Para azuzar el debate, Mingote no dudó en representar un fragmento del cuadro donde todo parecía intriga y conspiración y en el que retrataba al propio Jesús de Perceval embozado en un manto, cual madre desesperada por salvar a su hijo de las garras de Herodes.

Unos años más tarde, ambos artistas participarán en la Primera Exposición de la Agrupación Nacional de Bellas Artes que presidía el escultor Juan de Ávalos -con la que aspiraban establecer un sistema de seguridad social y de protección a los derechos de autor, así como acciones de ayuda a los artistas que careciesen de medios- que vio la luz en la sala de exposiciones del Club Pueblo, de Madrid, en 1966.

En esa época le dedicó Mingote al almeriense un precioso dibujo en el que un señor desconfiado espera resignado, a la grupa de un caballo regio, el trotar que le deparará la vida, y que hoy bien puede servir de guiño o de homenaje del genial dibujante a esta tierra de Almería a través de la persona de su hijo predilecto.
Umbral, que llamaba a su amigo Perceval el “Beethoven de la pintura” -en coñona alusión a su sordera-definió a Mingote como el “Picasso de los periódicos”, sobrenombre que agradó a muchos pero que, pese al ensalce y salvando mi admiración por el genio de Málaga, creo no le hace justicia a este otro genio madrileño de adopción y vocación. La magnitud creativa y personal de Mingote no debe admitir comparativas, por muy elogiadoras que resulten, ni vale para él síntesis alguna, pues el universo de este hombre del Renacimiento, “principiante de todo y aficionado a todo”, hace ya tiempo que se desbordó mucho más allá de los periódicos.

Ahora, mientras pergeño este humilde recuerdo a nuestro admirado Antonio, me gusta imaginar que, allá donde esté, se dispone a jugar otra vez a hacer dibujos colectivos con mi abuelo Jesús y todos los que ya no están, trazando líneas imposibles en lo infinito, a la espera de ver, como niños eternos, la magia que resulta. Quizá, algún día, pueda yo también jugar.

Jesús Ruz de Perceval.

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