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Sala de Fiestas Chapina

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Las juergas nocturnas en el Chapina
septiembre 9, 2015 by Eduardo Pino
Juan Cristóbal Fernández, más conocido en Almería como ‘el Farfolla’, fue metre de sala del Chapina durante años.

Tenía ese glamour desgastado tan propio de su época. Allí se mezclaban los espectáculos más atrevidos del momento, la vanguardia erótica de los años de la Transición, con un ambiente donde todo parecía pasado de moda: las cortinas de flores que presidían el escenario, los asientos de escay que rodeaban la sala, los focos polvorientos que daban una luz de bar de carretera, los eternos pasodobles que la orquesta de la casa ejecutaba cuando se animaba el personal, la oscuridad de ese rincón privado al que llamaban reservado donde se aceleraban los escarceos amorosos que habían comenzado en la barra al calor de las primeras copas.

Era el Chapina, un pequeño paraíso de la juerga nocturna que abrieron en el verano de 1965 en la calle Lirón, un callejón discreto que desembocaba en la misma puerta del antiguo cine Listz. Nació como Night Club, un nombre cargado de ambigüedad para un local capaz de adaptarse a las madrugadas golfas de los noctámbulos y a las limpias exigencias de las parejas de casados en una noche de fin de año.

El Chapina tenía su propia orquesta y a menudo presentaba espectáculos internacionales donde la máxima atracción eran las chicas que formaban el ballet. Allí actuó la célebre vedette Angela Dany y la bella Kary Bell, que había sido miss Beirut en 1963. Había noches de estrellas y otras, la mayoría, en las que reinaba el encanto cercano y sencillo de las muchachas del ballet ‘Las Cortijeras’, que bailaban sin demasiado compás, pero que se exhibían ligeras de ropa, dispuestas siempre a compartir una copa en los momentos de descanso. Porque el Chapina era un club decente en el que las chicas alternaban con los clientes a la luz de la barra. Era un flirteo discreto, de roces disimulados, de palabras murmuradas al oido con el lenguaje cálido del deseo recién inaugurado.

Para los más atrevidos estaba el reservado, una pequeña habitación separada de la sala por una cortina pasada de moda. Un refugio a media luz donde las palabras se transformaban en besos, donde los roces se convertían en caricias a cambio de una botella de champán. Los empleados de la casa no le llamaban reservado, sino el árbol del ahorcado porque se decía que todo hombre que entraba en aquel lugar la palmaba, o lo que es lo mismo, salía con la cartera vacía.
La habilidad de las mujeres en la técnica del alterne consistía en no darlo todo en un instante. Un roce de piernas, un beso en el cuello, tocar el cuerpo con las manos o un intercambio de caricias eran victorias que había que ir consiguiendo poco a poco. El hombre prometía en el fragor de la batalla, pero era ella la que ponías las condiciones, la que exigía una copa más, o una botella de whisky escocés si el cliente era generoso.

Si alguien llegaba a decir entonces que allí se ejercía la prostitución, el responsable del negocio no tardaba en aclarar que en el Chapina sólo se permitía el alterne, que algo era muy distinto. Al Chapina llegaron, en los años de la Transición, los primeros desnudos integrales que se vieron en Almería. La hora golfa empezaba a las dos de la madrugada y consistía en una pareja de bailarines venidos a menos que habían reconvertido su arte en un número escasamente trabajado con más carne que erotismo, el suficiente para que el público masculino alimentara sus bajos instintos.

Como ocurrió con la mayoría de las salas de fiestas que abrieron en la ciudad en los años sesenta, el Chapina fue derivando hacia la prostitución. En la década de los ochenta, su publicidad anunciaba: “Tome su copa en compañía de una de nuestras catorce bellezas”.

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